sábado, 11 de julio de 2009

HISTORIAS DE BORRACHOS



Estando entre varias copas con los chicos, mi entrañable amigo Javier, que había llegado hace unos meses de España, me contó de un lugar algo alejado de Madrid, donde no había locales de desnudistas, tampoco existían burdeles, ni prostitutas en las calles rojas. Le dije que era la cosa mas triste que he oído en mi vida, un pueblo sin putas es una tortura para todos los emos, los nerds, los cerebritos de las universidades, quienes se cortarían un brazo con tal de perder la timidez y poder hablarle a una mujer, los tipos casados y cansados de sus esposas. Las putas tienen su lugar en el mundo, como diría un diplomático, “las putas son un mal necesario”.

Pero la historia no terminaba ahí, porque Javicho me contaba que si no había putas en ese lugar era por algo, me habló de una enfermedad que reinaba en ese pueblo, donde solo atacaba a las mujeres, un mal terrible y mortal que a largo plazo terminaría extinguiendo la especie femenina. Pero como toda enfermedad debe que tener una cura, esta era muy simple. Para que una mujer infectada pueda curarse, debería tener sexo con un chico cada tres días, durante 18 meses, y otros 6 meses más para reforzar el tratamiento, y otro tanto más por si se vuelven adictivas (plop).

Dicho todo esto, empecé a entender porque no había burdeles en ese pueblo tan bendecido por los dioses. Ahora los hombres ya no serian los cazadores de vírgenes, sino que serian las mujeres las que inicien el romance, ahora tenían que ser ellas las que insinúen a los chicos para ir al hotel, por un simple fin de sobrevivencia. Aquel pueblo se hizo muy famoso por esa enfermedad, pero para sorpresa de algunos, no fue aislado ni puesto en cuarentena por el gobierno español sino todo lo contrario, durante años fue el lugar que mas turistas recibieron, incluso por los mismos españoles de las otras ciudades.

La historia de mi amigo Javier era tan creíble que hasta babeaba de placer mientras me contaba sus largos paseos por aquel pueblo algo lejos de Madrid. Pero luego entendí que tal vez esa historia era producto de la brutal borrachera que se estaba metiendo, y la baba que emanaba era porque mi entrañable amigo Javier nunca pudo controlar sus glándulas salivales (osea que era baboso por naturaleza jeje). Es que lo emocionaba mucho hablar de sexo, como a cualquier chico, de cualquier edad, de cualquier lugar. En fin, solo quedaba aplaudir su buena imaginación y talvez desear con todas nuestras hormonas, que en algún lugar de este extraño mundo, exista un pueblo como ese. Salud Javicho.