lunes, 19 de octubre de 2009

UN LOBITO FEROZ EN CUZCO

Y por fin llegamos a Cuzco, el viaje duro nueves horas pero valió la pena, llegamos a donde todo el mundo desea llegar, el ombligo del mundo, pero a la vez el lugar más caro de mi país. No pude creer que un plato de comida cueste lo mismo de lo que gasto un fin de semana con los amigos, es un asalto a mano armada, sin contar que cada tres pasos que dábamos aparecía un idiota para ofrecernos diversos paquetes turísticos o uno que decía sospechar que mi tangamandapiana no era de este país, “Ud. no es peruana, por la forma de hablar pienso que es de Tangamandapio” le decían muy gentiles (todo eso debido a que la gente del Cuzco anda muy educada en ese aspecto, tiene el don de saber tu nacionalidad con solo oírte hablar), esto con la clara intención de vendernos chucherías a precios exorbitantes, un loquerio total. De todas formas ya estaba en Cuzco, así que había que disfrutarlo.

Paseamos por la Plaza de Armas, nos sentamos en la pileta para ver la aglomeración de gente que suele caer a ese lugar un día de semana, era impresionante el número de personas que llega a Cuzco un miércoles por la mañana. Las iglesias eran la gran atracción, yo no soy un tipo creyente, incluso ya había hecho un trato con el de arriba para que no se meta en mis asuntos y así yo no le quitaba mas feligresas (me pareció lo más justo, dada la crisis de fe en estos últimos años), pero tenía que fingir un poco, para que mi tangamandapiana se sienta a gusto al ver tamaña belleza de arquitectura en esos templos, toda una maravilla.

Cayendo la noche, salimos a un bar y nos tomamos un pisco sour para calentar la sangre, oímos música andina, deambulamos por los jirones escondidos, nos sentamos en la banca de algún parque. Luego volvimos al hotel, donde con la ayuda de los Apus (dioses andinos) teníamos que descargar nuestras energías bajo las sabanas de nuestra cama de dos plazas. No quiero dar más detalles, solo puedo decir que cuando dios y el diablo crearon el amor y el sexo respectivamente… no tenían ni la más remota idea de lo que sucedería al juntarse ambas cosas.