Lunes al mediodía, un mensaje de texto de texto llega a mi celular, Es
Vanesa que me dice: “Hace mucho que no te veo, vas a seguir huyendo de mí?.
Tengo depa nuevo y quisiera estrenarlo contigo, no te lo voy a pedir dos veces.
Te espero esta noche”. Hace varios meses que no me veo con Vanesa, desde que
empecé a salir con mi sirena (la que aparece y desaparece) no la he vuelto a
ver. No respondo el celular, prefiero evitar más complicaciones en mi vida y
dejo que las horas entierres y olviden esa generosa propuesta que en otras
circunstancias hubiera aceptado de inmediato.
Martes en la mañana, un mensaje de texto me dice: “Mi marido leyó tus
mensajes y ha empezado a hacerme preguntas, te salvaste porque te cambie de
nombre la noche anterior (ahora estoy en su agenda como “Sandra”), pero
nuestros encuentros deben terminar. Fue lindo mientras duro, pero nada es más
importante que mi familia… y mucho menos tu”. Era Andrómeda que con eso se
despedía de mí, quizás para siempre. Solo pude responder con un resignado:
“está todo bien, has lo que tengas que hacer”. El día termino sin lutos ni
muertos que lamentar, la vida tiene que seguir.
Miércoles por la tarde, un mensaje de texto retumba mi celular: “Oye
imbécil, quien te crees tú para decirme esas cosas?. A partir de ahora no me
dirijas la palabra, tu y yo ya no somos amigos”. Era Milagros que así terminaba
nuestra amistad de años, por haberle enviado la noche anterior un mensaje en
joda que le decía: “Espero que me pagues lo que me debes… estafadora”. La deuda
era por una cantidad tan ridícula (equivalente a tres galletas o a un kilo de
pollo), que me tome la licencia de dramatizar el hecho y llamarla en broma
“estafadora”, sin pensar que ella se lo tomaría tan a pecho. La amistad se
terminó, perdí a una de mis mejores amigas por un chiste de mal gusto, o
quizás, como me dijo una amiga, por un periodo mal llevado (maldita regla).
Jueves por la mañana, un mensaje de
texto en mi celular: “Quiero que vengas a mi departamento, si no vienes esta
noche, olvídate de mí. Nunca más te lo pediré. Si no vienes, no vuelvas a
buscarme jamás”. Es Vanesa que no sé porque se acuerda de mi después de varias
semanas. También el mismo Jueves me llega otro mensaje al celular: “Quisiera ir
a la playa a caminar y sentarme a ver las olas como una autista, no quieres
venir?” Es Sofía, una amiga que conocí por leer mi blog. Aquella noche me quedé
con Sofía toda la noche frente al mar, tirando piedras desde la orilla, oyendo
las olas a ojos cerrados, viendo el amanecer, muriéndonos de frio, confesando
lo que jamás le he dicho a nadie.
Viernes por la noche, un mensaje de texto en mi celular: “Debo desaparecer,
no puedo quedarme. Lo siento”. Era mi sirena que una vez más desaparecía de mi
vida, esta vez dándome una razón que no puedo contar. Las luces se apagan en la
pequeña Lima, es casi de madrugada y debo descansar. El insomnio llegaba y vi
la mañana tan cerca que no recuerdo haber cerrado los ojos.
Sábado por la noche, me embriago con los amigos, me pierdo por las calles
del centro de la ciudad. No he dormido la noche anterior, Vanesa no me
perdonará nunca haberla ignorado. Andrómeda cerró el capítulo en su vida, yo ya no existo más en sus historias.
Milagros siempre será mi amiga, solo debo esperar a que le termine su periodo y
pueda pensar las cosas mejor. Sofía me comprende o al menos lo intenta, por eso
deseo que siempre siga ahí, todavía nos quedan más noches frente al mar. Mi
sirena, la que aparece y desaparece, tiene un lugar eterno en mi vida, y en
primera fila. Su amistad vale más que cualquier despedida.
Sábado por la noche, un mensaje de texto acaricia mi celular como
queriéndolo calmar luego de tantas batallas perdidas: “Hola ranita, tanto tiempo sin saber de ti,
espero que estés bien. Te cuento que ya me case, soy feliz y no cambiaría esto
por nada. Pero no sé porque te extrañe esta noche y quise saber de ti”. Mis
ojos no podían creerlo, era Ana Rosa, un amor lejano y platónico. El mensaje
continuaba mientras mis ojos humedecían volviendo al pasado, “Te escribo para
decirte que he vuelto por ti, que no te dejaré nunca más, siempre estaré
pendiente de ti por este medio. La vida continúa y espero que seas feliz. He
vuelto porque lo que vivimos juntos y lo que me hiciste sentir nunca lo podré
olvidar, eres alguien muy especial y siempre te voy a querer”. Apago el celular
y por fin siento que poder dormir, ya no quiero recibir más mensajes. Era todo
lo que necesitaba saber… que todavía le importo a alguien.
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